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Mont Blanc · 4.810 m

Más Allá De La Cumbre

por Nicolás Kiguel
Esta es una historia de montañas para gente que le gustan las montañas. Está llena de detalles del equipo, los paisajes y el terreno. Pero también está poblada de dilemas. De pequeñas y grandes decisiones como las que todos enfrentamos día a día. A algunos, les servirá para explorar la montaña. A mí, me ayudó a explorar la vida.
N.K
La crónica narrada por uno de sus protagonistas Escuchar en Spotify
I

Cuando le propuse a Martin escalar el Mont Blanc, soñaba con replicar una de esas tantas películas de montaña que alguna vez había visto, que aunque ricas en emociones, suelen transitar varios espacios comunes. Un escalador profesional, apasionado por las alturas, emprende una aventura inédita, que cobra un carácter épico al convertirse en la obsesión de su vida. Luego de una expedición heroica y repleta de dificultades logra su objetivo y desde la cumbre ve su obsesión realizada.

Durante una de las travesías de preparación, hablamos con Martin sobre cómo encontrar nuestras pasiones. En la paz y libertad de las alturas, pude entender que mi verdadera pasión no era la montaña, sino que en ella yo desplegaba la más profunda de mis devociones: la aventura. Me embarqué en el camino hacia el Mont Blanc para realizar esa búsqueda. Para encontrar una aventura que fuera digna de ser contada. En el otro extremo de la cuerda encontré a alguien con las mismas ambiciones. Volví con algo más que un guion propio de esas películas. Volví para compartir una enseñanza que hace tiempo había escuchado pero aún no había vivido: “nunca es la montaña la que conquistamos, sino a nosotros mismos. ”

II

El campamento base era un chalet rústico de estilo francés ubicado en Chamonix. Fue en esta pequeña aldea, vecina a las fronteras con Suiza e Italia, donde el Dr. Michel Paccard y su compañero Jacques Balmat dieron origen al montañismo al ser los primeros en alcanzar, el 8 de agosto de 1786, la cumbre del Mont Blanc. Pocos lugares en el mundo respiran el espíritu alpinista como lo hace Chamonix, donde hoy es habitual ver hombres y mujeres de todas las edades caminar con mochilas, cuerdas y piquetas frente a los finos restaurantes franceses de la peatonal principal, bautizada con justa reverencia, la Rue du Dr. Paccard.

Hace veinte años, inspirado por su legado, un veterano escalador británico llamado John Taylor hizo de este pueblo su hogar, y construyó allí la base de operaciones de las expediciones que organiza hacia la cumbre del Mont Blanc.

Famoso por su rigurosidad y cautela, al entrar al chalet John nos esperaba sentado frente a una gran mesa cuadrada. Su rostro indiferente desconocía cualquier entusiasmo que trajéramos con nosotros. Le resultaban intrascendentes nuestras conquistas pasadas o cómo hubiésemos preparado la reciente aclimatación. Él sabía -los años le habían enseñado- que cualquier ascenso de preparación no era más que un ensayo, una representación teatral sin público donde todos los errores pueden enmendarse. Que el verdadero desafío nos esperaba por delante y que la montaña siempre tiene la última palabra.

Las regulaciones locales del Mont Blanc permiten un máximo de dos aficionados por guía, y el destino quiso que nuestra cordada llevara el sello argentino. Para eso nos asignó a Julián Ordoñez, un oriundo de Bariloche que pasa los veranos europeos trabajando en los Alpes. Julián, de unos cuarenta años, tenía una mezcla de frescura criolla y rigor profesional con la que conectamos rápidamente.

John nos invitó a sentarnos a la mesa, y sin preludios proyectó dos imágenes en un televisor. En una de ellas, una foto panorámica mostraba los hitos que deberíamos atravesar hasta llegar a la cumbre.

La ruta Goûter es la forma más directa y popular de alcanzar los 4810 metros del Mont Blanc. Y aunque cada año es transitada por alpinistas de todo el mundo, dos pasajes le han dado a esta ruta una reputación siniestra. Los riesgos objetivos del montañismo son aquellos que la destreza del escalador pueden reducir, pero nunca eliminar. Quien busque alcanzar la cumbre del Mont Blanc, deberá enfrentar dos secciones expuestas a estos peligros.

La primera es el Grand Couloir, conocido también como Couloir de la Mort, entre el refugio Tête Rousse (3167m) y el refugio Goûter (3835m). Un couloir es una canaleta, un cañón vertical encerrado entre paredes rocosas donde la montaña se estrecha como un embudo. Esta formación se vuelve especialmente peligrosa cuando desde las secciones superiores se desprende alguna piedra, que por pequeña que sea empieza a rodar hacia abajo arrastrando rocas de mayor tamaño. Al desplazarse más de seiscientos metros verticales, estos bloques grandes como una pelota se convierten en balas de cañón cuando atraviesan el pasillo por el que deben cruzar los montañistas. Ese cruce, un segmento de cincuenta metros horizontales sobre la ladera empinada, no admite distracciones ni tropiezos. Debe ser cruzado en un silencio solemne. Cada miembro de la cordada debe vigilar con precisión cualquier sonido que lo alerte sobre piedras moviéndose montaña arriba. Cuando las condiciones sean aceptables, el líder dará el primer paso y el equipo lo seguirá con disciplina. El cruce debe hacerse lo más rápido posible -pero nunca más rápido- ya que los peligros hacia abajo son tan grandes como los que pueden rodar desde la altura. Un simple tropiezo puede provocar una caída descontrol ada por la garganta del couloir, que se estrecha y se empina hasta escupir en lo profundo del vacío.

Por estos motivos uno debe cruzar el Couloir de madrugada, lo más temprano posible para que el calor no derrita el hielo que mantiene unidas las piedras en lo alto del cañón. Pero nunca en la oscuridad de la noche, cuando los movimientos de las rocas se vuelven imperceptibles, y el desafío de los pasos necesarios para atravesar esta trampa, implacable. No hay santuarios ni memoriales en el Grand Couloir, pero cada cruce es una oración muda a las más de trecientas almas que lo enfrentaron y jamás volvieron.

La segunda prueba decisiva de la ruta de Goûter aparece sobre el final, a partir de los 4300m. Allí, luego de atravesar glaciares poblados de grietas y puentes de nieve, el terreno cambia drásticamente, se vuelve punzante, y el aspirante a la cumbre debe cruzar una serie de filos nevados que reciben el nombre técnico de “aristas”. Las aristas son senderos de entre treinta centímetros y un metro de ancho, que deben ser atravesados con la pausa y el equilibrio de un trapecista, para evitar caer a cualquiera de sus lados, donde pendientes cuasi verticales se desploman más de quinientos metros. El tramo final de la ruta de Goûter tiene tres de estas aristas, conocidas como la Grande y la Petite Bosse (joroba en francés, por su silueta de dromedario) y el filo final hacia la cumbre. La dificultad de estas secciones es absolutamente relativa. En buen clima, es un examen psicológico inclemente, una prueba contra la tolerancia al vértigo y la capacidad de abstraerse del entorno para mover con precisión absoluta un pie delante del otro. En cambio, si la visibilidad fuera imperfecta o el clima inestable, la dificultad dejaría de ser solo psicológica y se volvería también física. A esta altura los vientos pueden ser violentos y las ráfagas impredecibles. Cuando alcanzan los 50km/h, las corrientes liman las aristas como un afilador a sus cuchillos, y un cuerpo desprotegido puede perder el equilibrio en solo un instante.

Nadie habló, ni apartó la mirada mientras John describía las secciones de nuestra ruta. Abstraídos en la imaginación de la osadía, vimos el televisor volverse negro y encenderse nuevamente con la siguiente imagen. Allí, se nos presentaba el pronóstico del clima. Hacía tres días que no usaba mi teléfono, y lo último que recordaba, antes de cruzar a Italia, era un panorama muy alentador para nuestro ascenso. Pero el Mont Blanc es una montaña arrogante, y esa semana no tenía ninguna intención de regalarse sin imponer sus condiciones. El día miércoles, planeado para nuestro intento de cumbre, mostraba números en amarillo y rojo, alertando por vientos de entre 60 y 80 km/h por encima de los 4000 metros.

—Esto es solo un pronóstico—dijo John—. Y los pronósticos se equivocan, sobre todo con el viento. Pero si estas son las condiciones, no habrá cumbre para ustedes. Con esos vientos el cruce de las aristas finales es sencillamente imposible.

III

El martes 15 de julio empezamos el ascenso al Mont Blanc, el pico más alto de Europa Occidental. Un tren de montaña nos llevaría hasta el Nid‑d’Aigle (2372m) y desde allí caminaríamos hasta Tête Rousse (3167m), el penúltimo refugio en esta ruta, ubicado estratégicamente debajo del Grand Couloir.

Inquieto y expectante, pasé el viaje en tren refrescando los pronósticos meteorológicos en mi teléfono. Cuando levanté la cabeza encontré a Martin pensativo. Su mirada atravesaba los grandes ventanales del vagón y se perdía en la silueta de los Alpes bajo el sol de mediodía. Igual que otros pasajeros, estaba abstraído en sus pensamientos, navegando quien sabe si en recuerdos lejanos o en el inminente porvenir.

Seguí revisando en soledad los inalterados pronósticos hasta último momento. Cuando el tren cruzó los dos mil metros, la conexión desapareció por completo.

Bajamos en Nid‑d’Aigle y caminamos hasta el refugio. Era un día soleado, que de a poco se fue nublando, y el aire se volvió más frío a medida que ascendíamos. Llegamos al Tête Rousse cuando la tarde se apagaba, a tiempo para buscar nuestras cuchetas, cambiarnos la ropa mojada y entrar al comedor para esperar la cena.

Hay algo mágico acerca del refugio Tête Rousse, ubicado justo por encima de los tres mil metros. En su salón comedor, impregnado con olor a sopa caliente, no se ven turistas ni caminantes vistiendo ropas ordinarias. Pasar allí una noche significa dejar atrás el mundo del trekking y las caminatas contemplativas para adentrarse en la sociedad de los crampones, las cuerdas y las piquetas. Este refugio marca la frontera entre los senderos verdes y arbolados, donde tantos nos enamoramos de la montaña, y el terreno vertical y helado, donde aprendemos a respetarla. Banderines de colores al estilo nepalí invitan a acercarse a su puerta. Su recepción es amable y acogedora. Lo que se esconde detrás será en cambio hostil e intimidante. Tête Rousse es el último bastión del senderismo, y el primero de la alta montaña. Es un templo que alberga un rito iniciático. En sus camas podrá en ocasiones dormir un niño, pero siempre despertará un hombre.

Aunque se habló poco en la mesa esa noche, sé que en la soledad de nuestras conciencias, todos teníamos las mismas conversaciones. “¿Sería posible? ¿Cómo se siente un viento de cuarenta kilómetros por hora? ¿Y cincuenta? ¿Y sesenta? ¿Cuán serio, cuán real, es el riesgo que estamos tomando? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a arriesgar para llegar a la cumbre?” Nadie quería mostrarse ansioso. Nadie quería ser el que interpelara a los más experimentados, exigiéndoles certidumbres que no existían. Aun así, por momentos resultaba imposible mantener la calma, y más de uno necesitó susurrarle al guía que tuviera al costado: “¿Cuál es el plan?”. Sus respuestas tomaban distintas formas. Marcadas por la distancia entre la cultura andina y alpina, iban desde el silencio hasta una humorada nerviosa que consiguiera desviar la pregunta. La incertidumbre era nuestra única certeza, y el único plan era la reacción forzada a lo que el destino decidiera anteponernos.

Terminábamos el postre cuando la encargada del refugio se paró en medio de la sala y los guías se levantaron para formar un semicírculo a su alrededor. Los veía hablar entre ellos, en francés, inglés, italiano, pero me era imposible entender lo que discutían. Con un grito la mujer pidió silencio y el refugio entero enmudeció.

—A continuación, el pronóstico meteorológico para mañana, miércoles 16 de julio de 2025.

A 3200 metros de altura, esa mujer tenía el aura de un oráculo, dotada de la información que el refugio entero, rendido ante ella, estaba buscando.

—Sommet couvert de nuages … quatre mille mètres …Températures… zéro … vents ….forte intensité… soixante à quatre-vingts...

Resignado ante un francés incomprensible, intenté enfocarme en los números que recitaba, hasta que recordé que la lógica numérica de este idioma es extrañamente rebuscada. Desistí de esta tarea y en su lugar empecé a estudiar las los rostros de los otros montañistas. No encontré más que expresiones de asombro y preocupación.

Terminado su reporte, la mujer hizo un breve silencio y empezó a repetir el parte, esta vez en inglés.

—Summit covered in clouds… con visibilidad limitada por encima de los 4000 metros durante todo el día. Temperaturas bien por debajo del punto de congelación (mínima de -10 °C), con sensación térmica de -20 debido a vientos sostenidos de alta intensidad. Los vientos se intensificarán rápidamente en las primeras horas de la mañana, alcanzando fuerza de temporal (60 a 80 km/h).

El veredicto parecía inapelable, y la cumbre del Mont Blanc, para nosotros, imposible.

Terminó el comunicado y los guías retomaron una conversación agitada. Ya no hablaban de manera alegre y distendida. Se los notaba enfocados, discutiendo y gesticulando. No lo entendí en ese entonces, pero lo que estaba presenciando era un cónclave de montaña.

El montañismo exige por su naturaleza ser una práctica autosuficiente. Los equipos empiezan y terminan en los extremos de una cuerda, y en esos pocos metros deben encontrar los recursos para moverse y asistirse en cualquier circunstancia. Es un deporte sin reglamentos escritos. No hay árbitros ni espectadores en este duelo sagrado entre el hombre y la montaña. Pero aun en ese encuentro solitario brotan pequeños amparos de humanidad, capaces de dar forma a un sentido que trasciende lo individual.

La asamblea de los guías es una práctica que se extiende desde los Alpes hasta los Himalayas, donde antes de una expedición importante se intercambian opiniones sobre los riesgos y la logística para el día de cumbre. Entre ellos se consultan la hora de partida, discuten la probabilidad de alcanzar la cima, y anticipan riesgos esperados. Buscan llegar a un consenso. En un deporte donde la autonomía es una virtud más que un privilegio, este ritual muestra el instinto por escapar a la soledad de la cordada, construyendo un refugio invisible en las alturas sostenido por los lazos de la comunidad.

Aunque la sentencia fuera frustrante y predecible, me conmovió presenciar esa ceremonia alpina. Sabía que en las condiciones anunciadas la cumbre era inalcanzable, pero me preguntaba cómo seguiría nuestra aventura. ¿Subiríamos hasta el refugio de Goûter (3835), exponiéndonos al Grand Couloir y su impredecible canaleta rocosa, o nos resignaríamos a volver al valle? Nunca anticipé hasta dónde acabaríamos forzando nuestros límites.

Julián, nuestro guía, se sentó en la mesa y miró durante largos segundos la cuchara con la que revolvía el té. Lo estudiamos impacientes hasta que por fin levantó la cabeza, respiró hondo y anunció:

—Mañana despiertos a las 4:00am. 04:30 arrancamos para la cumbre.

Lo miramos desconcertados, ¿habíamos malentendido el pronóstico?

— ¡No está muerto quien pelea muchachos! Mañana cuando nos levantemos veremos con qué condiciones nos encontramos. Vamos a cruzar el couloir con los primeros rayos de sol, y esperamos estar en el refugio Goûter alrededor de las 7am. Ahí sabremos si podemos avanzar.

Alguien preguntó, con una lógica intachable:

—A las 7am ¿Habrá entonces otro reporte meteorológico?

—Cuando lleguemos a 3800 no va a hacer falta mirar reportes del viento, va a ser suficiente con sentirlo.

IV

Fue muy difícil dormir esa noche. El padecer de la ansiedad y la altitud era más fuerte que la fatiga acumulada. Di vueltas en la cucheta hasta entrada la medianoche, contando cómo las horas de descanso se iban desvaneciendo.

Mentiría si dijera que esa noche recé o besé una foto de mi familia. Me resistía a pensar en la vida que me esperaba en el valle, porque aquello significaba abrirle la puerta a la duda. Mi concentración me imponía revisar de manera obsesiva una y otra vez la ruta hasta la cumbre. Enumeraba las capas de mi vestimenta, transitaba entre sueños el delicado pasaje del Grand Couloir, me balanceaba en las angostas aristas finales, y fantaseaba con el abrazo eufórico que nos daríamos al alcanzar los 4810m.

Entre un dormir intermitente me vi dando los últimos pasos sobre la cumbre helada del Mont Blanc. Solo entonces, liberado de la obsesión que me había dominado durante días, pude pensar en ellos. Saqué de mi bolsillo el pequeño Garmin satelital y le escribí un mensaje a mi familia. Con los dedos entumecidos tipie “CUMBRE” y apreté el botón “Enviar” al costado del aparato. Una rueda blanca sobre un fondo negro giró en la pantalla. Alcé mi brazo para mejorar la señal, y volví a mirar el dispositivo. Me encontré una vez más con ese círculo impasible, que daba vueltas con una paciencia que empezaba a exasperarme. Sentí la urgencia de empezar el descenso, pero también lo inútil que resultaba la conquista si no podía compartirla con ellos. Mis pulsaciones se aceleraban con impotencia cuando el Garmin vibró y emitió un pitido agudo… “biiip, biiip, biiip”… Con angustia leí la palabra “ERROR” en su pantalla. “Biiip. Biiip. Biiip”. Apreté con fuerza todos los botones al mismo tiempo hasta que sobresaltado, ahogado, abrí los ojos. Miré mi muñeca y con la mano derecha apagué la alarma que sonaba. Eran las 4:00 de la mañana. En la oscuridad del cuarto compartido, los cuerpos comenzaban a moverse.

Necesité unos minutos para recuperar el aire. Sacudí la cabeza y respiré hondo. No todos los días tiene uno la oportunidad de alcanzar la cima de Europa, me dije. Este era uno de ellos.

Esa mañana desayunamos en silencio. Ya nadie esperaba nuevas indicaciones o pronósticos actualizados. El plan era claro: avanzaríamos hasta donde fuera posible. Intentaríamos cruzar el Grand Couloir y escalar los setecientos metros de formación rocosa inclinada que llevan hasta el refugio de Goûter. Allí arriba, sin la protección que el cañón garantiza, el viento nos hablaría directo a la cara, para abrirnos el paso a la cumbre o sentenciar el final de nuestra aventura.

Me esforzaba por tragar un pan húmedo con mermelada cuando un guía de pelo gris se acercó a nuestra mesa. Tenía la sonrisa serena y sus ojos celestes, enmarcados por arrugas profundas, contaban las memorias de una vida dedicada a las montañas. Hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se presentó:

- Bonjour, je suis la sentinelle.

El término me era conocido. En las grandes expediciones, al atravesar los tramos más inestables de la ruta, los montañistas suelen elegir un integrante para que actúe de vigía o “centinela”. Su misión es ubicarse en un mirador estratégico a lo largo del camino, y desde allí anunciar cuando la ruta esté libre de peligros. Había oído sobre esta técnica en relatos de amigos al cruzar la canaleta del Aconcagua, y en descripciones de guías suizos sobre la ruta Hörnli hacia la cumbre del Matterhorn. Lo recordaba de documentales sobre la Cascada de Hielo del Khumbu, en el Himalaya. Ahora, en la bitácora colectiva de las crónicas de montaña, se acercaba el momento de escribir nuestro propio capítulo.

El centinela se abrochó la mochila y caminó hacia la puerta del refugio. Era la señal de que pronto sería nuestro turno de seguirlo. Apuré el último sorbo de café y a través de la ventana, aun en la oscuridad de la noche, vi prenderse su linterna. Su punto blanco solitario cruzaría pronto la parte más angosta del couloir y escalaría a gran velocidad unos cuatrocientos metros. Con la destreza que solo la experiencia otorga, buscaría el lugar preciso donde las rocas se despiertan. Desde este mirador, como un ángel que roza el cielo, velaría por nosotros. Con su radio se comunicaría con cada cordada antes del cruce, dándonos la luz verde solo cuando el cañón estuviera quieto e inalterado.

Unos minutos más tarde, bajo la luz naranja del amanecer que coloreaba los primeros parches de nieve, caminamos encordados hasta la base del couloir. Frenamos detrás del bloque de piedra que forma una de las paredes del cañón, mientras esperábamos en silencio la señal del centinela. La brisa de la mañana era helada, pero no la sentíamos. Estábamos cansados, pero lo ignorábamos. Nuestra plena atención estaba puesta en los despiadados cincuenta metros que teníamos por delante. Cuando por la radio se escucharon las palabras en francés, Julián tiró de la cuerda y avanzamos a paso firme pero sensato. Alternábamos miradas hacia arriba y hacia abajo, y con precisión dábamos pasos cortos y acelerados. Nuestro cuerpo tensionado obedecía al silencio, temeroso por oír el roce de una roca con otra que empezaran a rodar hacia nosotros. El terreno no era difícil, el desafío estaba en mantener la calma.

A mitad de camino advertí que llevaba la respiración contenida. Dejé salir el aire de mi pecho y me esforcé por mantener un inhalar y exhalar sereno, o tan sereno como fuera posible.

Después de algunos minutos, que se estiraron como horas, estábamos del otro lado. Habíamos cruzado el Grand Couloir y ahora 1500 metros nos separaban de la cumbre del Mont Blanc.

Escalamos sin descansos, atravesando una sucesión de rocas verticales que exigían un uso incesante de brazos y piernas. Después de dos horas, ya a 3800m, vimos una cápsula metálica con forma de cilindro que sobresalía de la montaña. Era el inconfundible Refugio Goûter, que aunque se aparecía ante mí por primera vez, en sueños y películas, ya tantas veces había visitado.

Una arista helada, corta pero expuesta, nos separaba de su entrada. Nos ajustamos los crampones y empezamos a atravesarla con delicadeza. Ya no sentía en mis piernas la firmeza de principios de la semana. El cansancio acumulado se hacía evidente y la fineza del aire empezaba de a poco a estorbar la respiración. Aunque nuestra aclimatación había sido prolija, se asomaban inevitables las migrañas, la agitación del pulso y el debilitamiento de los músculos que la falta de oxígeno produce en la altura.

“La mente domina al cuerpo” me repetía mientras avanzaba por el filo nevado en dirección al refugio. A mi derecha, una pendiente helada, lustrada por el viento, descendía trescientos metros y desaparecía al hundirse en el abismo. Al mirarla fue inevitable suponer la velocidad con la que un cuerpo descontrolado se deslizaría por esa ladera. Aparté la vista decidido a rechazar esas vívidas imágenes, y forcé mi mirada hacia adelante, como el equilibrista que se aferra al mástil al final de la cuerda. Mi punto fijo era la entrada del refugio Gouter, que a paso lento se fue acercando hasta estar al alcance de mi mano.

Cruzamos la puerta y atravesamos el vestíbulo. El suelo de goma estaba cubierto de nieve derretida y cordones mojados. Dejamos las botas, piquetas y crampones y entramos en el comedor. Aunque la posibilidad de la cumbre era todavía una incógnita, al abrir la puerta todas las dudas se despejaron. Sonaba fuerte una inesperada música techno, capricho inexplicable o estimulo planeado por el guardián que dirigía el refugio. La gente caminaba acelerada por el comedor tomando té y café mientras se acomodaban su abrigo y sus mochilas. El refugio vibraba con euforia. Se había abierto una ventana, y nadie planeaba desaprovecharla. La cima del Mont Blanc nos esperaba.

V

Cuando volvimos a salir a la montaña, el viento era intenso pero tolerable, y la visibilidad ofrecía un matiz aburrido de colores blancos y grises. En ese cuadro monocromático pude ver unas veinte cordadas avanzando delante nuestro por el enorme mar blanco que forma el Glaciar de Goûter. Empezamos a movernos con firmeza, movilizados por el desafío que de pronto parecía realizable. En el paisaje no se distinguían relieves ni inclinaciones. Eran indescifrables la topografía y los espacios vacíos, atrapados en una inmensa nube que aplanaba cualquier intento de profundidad. Cada tanto alguna grieta celeste debajo nuestro rompía la monotonía, y el glaciar mostraba desafiante sus dientes afilados en forma de estalactitas recubiertas por una escarcha albina. Por fuera de esos momentos, la ruta no era más que un relato gris y blanco, alterado únicamente por el ida y vuelta de nuestras pisadas.

Caminamos durante al menos dos horas, y aunque el viento se aceleraba de forma tan gradual que el cambio resultaba imperceptible, al cabo de un tiempo estábamos combatiendo con ráfagas que superaban los 70km/h. La sangre agitada era nuestra única armadura contra el frío. Julián se dio vuelta, y gritando por encima de los vientos nos advirtió:

—¡Que nadie se saque un guante si no quieren perder un dedo!

El cansancio no es solo una función del esfuerzo físico, sino también de la exigencia mental. A la falta de oxígeno, los días sin dormir y las horas acumuladas de escalada, empezaba a sumarse la más letal de las adversidades: el miedo.

Cuando la montaña ruge, el alpinista humilde sabe ofrecerle sus respetos. En condiciones hostiles, el margen de error desaparece. Ese día, en esas circunstancias, cualquier imprevisto podía costarnos la vida. Un simple esguince podía desatar un operativo de auxilio desesperado, sin helicópteros disponibles y con la enorme dificultad de encontrar equipos que asistan. Una caída en una grieta del glaciar requiere al menos veinte minutos de rescate, tiempo suficiente para que alguno -o todos los participantes- sufran signos de hipotermia.

Consideré inquieto como esta expedición insinuaba transformarse en una de esas trágicas historias de montaña. Aquellas que, vistas en retrospectiva, siempre se originan en decisiones evitables. Pero que al vivirlas en primera persona no son más que una sucesión de impulsos obstinados alimentados por fugaces instantes de falsa serenidad.

Mientras batallaba con estos escenarios en mi mente, a unos diez metros vi una figura negra de grandes dimensiones que se volvía más nítida con cada paso que dábamos. Al fin habíamos cruzado los 4300 metros. Estábamos en Abri Vallot (4362m), uno de los refugios más altos de los Alpes.

Vallot es un contenedor de aluminio, ubicado a quinientos metros de la cumbre y pensado solo para emergencias. Tiene capacidad para unas doce personas, en una superficie de cuatro metros de lado. No tiene calefacción ni baño. Su única función es socorrer a quienes yendo o volviendo de la cumbre, necesiten un resguardo. Está empotrado sobre una colina nevada del glaciar, con dos tercios de su base apoyada, y un tercio suspendida sobre unos pilotes que la elevan. En el suelo, en la sección suspendida, se encuentra una escotilla, y debajo, una escalera vertical de algo menos de dos metros. Me agarré de sus barandas heladas mientras el viento me golpeaba con violencia. Puse un pie por encima del otro hasta poder empujar la puerta metálica hacia arriba. Cuando asomé mi cabeza, una imagen se grabó para siempre en mi memoria. Parados, inmóviles, veinticinco alpinistas hacinados enfocaban en mi simultáneamente sus miradas. Expectantes, mudos, sus ojos me interpelaban buscando una sola respuesta: “¿Qué pasaba ahí afuera?”

Martin y Julián entraron detrás de mí. Nos encontramos con un equipo de escoceses con los que habíamos compartido la semana. Nos preguntaron de donde veníamos, entusiasmados por saber cuán alto habíamos llegado. Se decepcionaron al entender que en realidad veníamos subiendo detrás de ellos. Nos desearon suerte y a través de la escotilla salieron del refugio. Estaban decididos a buscar la cumbre.

Entonces Julián nos indicó que nos pusiéramos todo nuestro abrigo. No habría posibilidad de ajustes una vez que saliéramos de Vallot. Si el frío se volvía insoportable, dar la vuelta iba a ser la única alternativa.

Agregué una capa térmica y me puse los pantalones impermeables. Era todo el equipamiento que me quedaba. Mordí un chocolate que guardaba entre mis provisiones y sentí cómo el azúcar daba una dosis de ánimo a mi cuerpo cansado. Nos miramos los tres a los ojos, nos ajustamos las cuerdas y las antiparras, y volvimos a salir a la nieve.

De inmediato noté que las condiciones no habían mejorado. La visibilidad era peor que antes, y los vientos helaban cualquier porción de piel que en nuestras caras hubiésemos dejado al descubierto. En solo dos minutos, el refugio metálico había desaparecido detrás nuestro. En seguida sentimos como sobre nosotros se empezaba a formar una escarcha que primero humedecía y luego congelaba nuestra superficie.

Resultaba cada vez más difícil avanzar frente el cansancio y la aspereza del clima. Cada paso era un combate. El terreno se inclinaba y los vientos golpeaban en todas las direcciones. A unos diez metros, en la bruma, vimos una cordada bajando. La niebla y las antiparras escarchadas distorsionaban la imagen. Confundido, me pareció ver a unos alpinistas diminutos, parecían tres niños, atados a una cuerda. Enfoqué la vista y me paralicé al comprender lo que estaba pasando. Para protegerse de las ráfagas, esos escaladores estaban gateando. Desconcertado, Julián los llamó con un grito. No respondieron, ni siquiera se voltearon. A los pocos segundos desaparecieron en la tiniebla. Seguimos caminando.

Cruzábamos los 4400 metros cuando el terreno empezó a encogerse bajo nuestros pies, a volverse más angosto y empinado. Cada paso que daba me recordaba a aquellas sentadillas que irresponsablemente había esquivado en el gimnasio. La visibilidad no superaba los tres metros. A los costado veíamos solo pendientes de nieve que caían abruptamente. Julián tuvo que tensionar la cuerda para en un sacudón violento hacerme entender lo que estaba pasando. Habíamos llegado a las aristas finales. Estábamos atravesando la arista de la Grande Bosse.

Si algún aspecto positivo pudiera rescatar de las condiciones de ese día, es la bendición de la ignorancia. Si en lugar de una densa nube hubiésemos podido ver los desplomes de mil metros que había a nuestros costados, la contracción de los músculos y de la mente solo hubiesen aumentado nuestro agotamiento.

Ascendíamos muy despacio, con un ritmo perezoso al que cada vez le costaba más mantener el equilibrio, cuando una figura se empezó a dibujar delante de nosotros. Fue tomando forma a medida que se aceraba, hasta que pudimos distinguir a la cordada de escoceses que habíamos encontrado en Abri Vallot hace algunos minutos

Habían decidido regresar y se frenaron a nuestro lado, en una sección donde la arista no tenía más de cincuenta centímetros de ancho. Mientras los guías discutían el rumbo, nuestros cuerpos cansados se esforzaban por no alterar un equilibrio estático, sin mover los brazos ni despegar los pies del suelo, evitando a toda costa tentar a los vientos y la suerte con algún reposicionamiento fatídico.

Pero alguien, nunca sabremos quién, no pudo evitar quebrar esa delicada armonía. No sé si fueron ellos que bajaban, o nosotros que subíamos. Pero alguien dio un paso en falso. Ese paso tensionó una cuerda, y esa cuerda movió la otra, que se había enredado bajo el pie de Martin. Su pierna se levantó de forma inesperada, inclinando su espalda hacia el abismo que se abría junto a la arista. Desestabilizado, Martin intentó apoyar la piqueta en la nieve, imitando el gesto de un bastón. Pero el ángulo de esa pendiente lo rechazaba, y su cuerpo empezó a inclinarse hacia atrás, como quien busca sentarse en una silla inexistente. Todo pasó muy rápido. De su boca salió un grito ahogado que sacudió nuestra atención, justo cuando su cuerpo se volcaba hacia el abismo. Julián, sobresaltado, se dejó caer en la dirección opuesta de la arista y un escocés lo agarró con fuerza de las correas de la mochila. Yo tensioné mi cuerda, hasta que Martin frenó su movimiento. Su cuerpo estaba ahora suspendido en el aire. En un ángulo de cuarenta y cinco grados, con sus rodillas dobladas y solo los talones de sus pies apoyados sobre la nieve, Martin se balanceaba sobre la pendiente que caía violentamente hacia el precipicio. Todo pasó muy rápido. Julián, yo, Martin, todos hacíamos fuerza para reincorporarlo sobre su eje. Pero el cuerpo no se movía. Había encontrado un equilibrio perfecto entre las fuerzas de la cordada que resistían a las de la gravedad, el viento y la montaña. Yo tiraba de la cuerda pensando ingenuamente que estaba socorriendo a mi amigo. Preso de mi inexperiencia, olvidé que unidos por la misma soga, estaba en realidad defendiendo mi propia vida.

Con la piqueta en su mano derecha, Martin buscaba insistente un punto de apoyo que no aparecía. Su brazo se agitaba resignado cuando, en un cruce del destino, nuestras miradas se enfrentaron. Por un instante sentí que no estaba viendo sus ojos, sino lo más profundo de su alma. Nunca olvidaré esa mirada. No era una expresión de pánico, tampoco de asombro. En su cara vi dibujada una sonrisa. La unión de sus labios, escondida en la barba negra y gris, marcaba una tímida silueta arqueada. Él diría luego que nunca dejó de confiar en sus compañeros. Yo sospecho que era el rostro de la inconciencia.

Lo cierto es que en ese cruce, que duró solo un parpadeo, los dos comprendimos que la verdadera cumbre, que parecía tan cerca, no era un lugar en la montaña, sino un estado del alma. Y que el verdadero ascenso no era hacia arriba, sino hacia adentro.

—¡Dame la mano! —grité.

Entonces Martin soltó la piqueta, que se clavó como una flecha en la nieve, y su guante negro apretó mi guante negro. Nuestros puños se trenzaron y en un movimiento que no midió el cansancio ni la fuerza disponible pudimos reencontrarnos en la superficie de la arista.

En la montaña el tiempo es una sensación no lineal, que se disocia de la mente. La adrenalina nubla los sentidos y el instinto de superación puede abstraernos de sensaciones y percepciones que de otra forma nos paralizarían por completo. Recompuestos sobre la arista, nadie se detuvo a pensar en lo que habíamos vivido. La contemplación es un privilegio incompatible con el deseo de supervivencia. El viento soplaba cada vez más fuerte, la niebla se volvía aún más densa y la escarcha se endurecía sobre las capas que cubrían nuestros cuerpos fríos. El tiempo, que solo para nosotros se había frenado un instante, se volvió a acelerar de manera repentina. Los escoceses nos esquivaron con prudencia hasta perderse en alguna nube a nuestras espaldas. Julián tensó la cuerda, y antes que nos diéramos cuenta, estábamos subiendo otra vez por la Grande Bosse. En minutos alcanzaríamos los 4500 metros, el punto más alto de nuestra aventura.

VI

Hay días en que me olvido de lo que sentí en esa montaña, y me invade el remordimiento por haber frenado a solo trescientos metros de la cumbre. Pero otras veces, cuando el cielo se vuelve gris en Zúrich y un viento seco me sopla de frente en la cara, una emoción me traslada a la arista de la Grande Bosse.

De a poco voy olvidando los detalles, pero recuerdo las sensaciones. Y esas sensaciones todavía me contraen los músculos y me agudizan los sentidos. Esos días, trato de no esconderme del frío o del viento como lo hacía antes. Ya no me cubro la cara ni entro en algún lugar calefaccionado. En cambio, cierro los ojos y me transporto. Dejo que la crudeza del aire me asalte la memoria, me amigo con el temor y la incertidumbre, me veo en esa montaña y pienso cuánta vida puede habitar en solo trescientos metros.

La vida es el mito que construimos de nosotros, y en especial el que nos contamos a nosotros mismos. El tiempo sagaz podrá engañarme distorsionando algún recuerdo. Pero en el fondo hay enseñanzas que, como el frío de esa mañana, no se borran con facilidad. La montaña será siempre el lugar para expresar mi pasión e investigarme. Así como entendí, preparándome para este ascenso, que al buscar una cumbre encontraría una aventura, comprendí una madrugada helada, que no todas las aventuras se esconden en la altura. Y que sin alguien a quien regresar, sin el afán de volver vivos, una expedición no es más que un suicidio condecorado. Son los amores, desafíos, sueños y recuerdos los que dan forma a nuestra historia. La aventura es el tono con el que la contamos. La aventura, está en vivir.